Cuentos goticos
Cuentos goticos —No me gusta dejarte sola con él —dijo John—, pero creo que tiene la pierna rota de verdad y no podrá moverse ni hacerte nada aunque vuelva en sÃ. Pero nos llevaremos al otro y lo pondremos a buen recaudo, y luego volverá uno de los dos y tal vez encontremos una trampilla o algo para encerrarlo fuera de la casa. Este no parece peligroso, estoy seguro —añadió, mirando al ladrón, ensangrentado y magullado, y con una expresión de profundo odio en el gesto huraño. Los ojos del individuo se encontraron con los de Bessy, cuyo espanto evidente le hizo sonreÃr, y la mirada y la sonrisa impidieron que ella dijese lo que se proponÃa decir. No se atrevió a contarle a John delante de él que un cómplice sano seguÃa en la casa, por miedo a que se abriese de algún modo la puerta del armario y volviera a empezar la pelea. Asà que sólo le dijo cuando se marchaba.
—No tardes mucho, me da miedo quedarme con este hombre.
—No te hará nada —le dijo John.
—¡No! Pero tengo miedo de que se muera. Y están mi tÃo y mi tÃa. ¡Vuelve pronto, John!
—¡SÃ, sÃ! —repuso él, bastante complacido—. Volveré, pierde cuidado.