Cuentos goticos

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Un jueves por la tarde, creo que era el 18 de agosto, me alejé más de lo habitual en mi paseo, y cuando decidí volver, me di cuenta de que era más tarde de lo que suponía. Calculé que podía tomar un atajo, pues tenía una idea bastante clara de dónde estaba para saber que, si seguía un camino recto a la izquierda, acortaría el regreso a Tours. Y creo que lo habría conseguido si hubiese encontrado una salida a tiempo, pero en esa región de Francia prácticamente no existen los senderos, y mi camino, tan duro y recto como una calle, y que discurría entre las consabidas hileras de álamos, parecía interminable. Así que se hizo de noche y me encontré en plena oscuridad. En Inglaterra habría existido la posibilidad de ver una luz en alguna casita a uno o dos campos de distancia, y preguntar por dónde volver a sus habitantes. Pero allí era imposible dar con una visión tan grata; en realidad, creo que los campesinos franceses se acuestan de día en verano, por lo que, si había alguna morada, yo no la vi. Debía de haber caminado unas dos horas en la oscuridad, cuando finalmente vi el perfil borroso de un bosque a un lado de la agotadora vereda y, olvidando con impaciencia todas las leyes del bosque y las multas a los intrusos, me encaminé hacia él pensando que, en el peor de los casos, encontraría algún refugio, algún lugar donde pudiera echarme a descansar hasta el amanecer y encontrar luego el camino de vuelta a Tours. Pero la plantación, en los márgenes de lo que me pareció un bosque cerrado, era de árboles jóvenes y demasiado juntos para ser más que troncos finos bastante altos con escaso follaje en las copas. Avancé hacia el bosque más denso y al adentrarme aflojé el paso y busqué por todas partes un lugar conveniente. Pero yo era tan remilgado como el nieto de Lochiel, que indignó a su abuelo con el lujo de su almohada de nieve[34]. Un matorral estaba lleno de zarzas, otro mojado de rocío… Ya había renunciado a la esperanza de pasar la noche entre cuatro paredes y no tenía prisa, así que seguí tanteando despacio y confiando en no despertar con mi bastón a ningún lobo de su modorra estival, cuando, de pronto, vi un castillo delante de mí, a menos de un cuarto de milla, al final de lo que parecía una antigua avenida (ahora irregular y cubierta de maleza), que casualmente estaba cruzando cuando, al mirar hacia la derecha, divisé tan grata visión. Su perfil se recortaba, grande, majestuoso y sombrío, sobre el oscuro cielo nocturno; las torretas, cúpulas y no sé qué más se alzaban fantásticamente a la tenue luz de las estrellas. Y lo mejor de todo, aunque no podía ver los detalles del edificio, era bastante claro que había luz en muchas ventanas, como si se celebrara algún gran acontecimiento.


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