Cuentos goticos

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En aquel momento, se acercó nuestro anfitrión y me preguntó con educada expresión de delicado interés (como la que adoptan algunas personas cuando te preguntan por tu madre, que les tiene sin cuidado) si había recibido recientemente noticias de cómo se encontraba mi gato. «¿Cómo se encontraba mi gato?». ¿Qué querría decir? ¡Mi gato! ¿Se referiría a mi gato rabón de la isla de Man que, en teoría, montaba guardia contra las incursiones de ratas y ratones en mis aposentos de Londres? Ya sabes que se lleva muy bien con algunos amigos míos y toma sus piernas por postes para frotarse sin miramientos, y que lo aprecian muchísimo por su seriedad y el ingenio con que guiña los ojos. Pero ¿era posible que su fama hubiese cruzado el Canal? No obstante, debía responder a la pregunta, ya que monsieur acercaba la cara a la mía con gesto de cortés ansiedad; así que adopté a mi vez una expresión de gratitud y le aseguré que, por lo que sabía, mi gato se encontraba en perfecto estado de salud.

—¿Y le sienta bien el clima?

—Muy bien —repuse, sumido en la perplejidad ante tanta solicitud por un gato rabón que había perdido un pie y media oreja en alguna trampa atroz. Mi anfitrión esbozó una tierna sonrisa y, tras dirigir unas palabras a mi pequeño compañero, se alejó.


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