Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Qué pesados son esos aristócratas! —exclamó mi compañero con ligero desdén—. La conversación de monsieur rara vez pasa de dos frases por persona. Eso agota sus facultades y necesita el refrigerio del silencio. Al menos usted y yo, señor, hemos subido de posición gracias al propio ingenio.
¡No salÃa de mi asombro! Como bien sabes, me enorgullece bastante descender de familias que, si no nobles de por sÃ, están relacionadas con la nobleza; y, en cuanto a lo de haber subido de posición, si es que yo lo habÃa hecho, habrÃa sido más por cualidades aerostáticas que por ingenio natural, al no tener lastre en la cabeza ni en los bolsillos. No obstante, me tocaba dar mi asentimiento, asà que sonreà de nuevo.
—En mi opinión —dijo él—, si un hombre no se para en fruslerÃas, si sabe exagerar o negar los hechos y no es sentimental en su alarde de humanidad, seguro que le va bien: seguro que añade un de o un von al nombre y acaba sus dÃas desahogadamente. Ahà tiene un ejemplo de lo que digo —miró furtivamente al amo de aspecto débil del sirviente perspicaz e inteligente al que he llamado el ayudante—. Monsieur le Marquis habrÃa sido siempre el hijo de un molinero de no haber sido por los talentos de su sirviente. Sin duda conoce sus antecedentes, ¿verdad?