Cuentos goticos
Cuentos goticos Me disponÃa a hacer algunas observaciones sobre los cambios de los tÃtulos nobiliarios desde los tiempos de Luis XVI —a ser, en realidad, muy sensato y fiel a la historia—, cuando se produjo una ligero revuelo al otro lado del salón. Supuse que los lacayos ataviados con libreas pintorescas habÃan entrado por detrás del tapiz (pues no los habÃa visto llegar, aunque estaba sentado justo enfrente de las puertas). OfrecÃan las bebidas ligeras y las viandas aún más ligeras que se consideran suficiente refrigerio, pero que mi voraz apetito juzgó más bien exiguas. Estos lacayos se plantaron solemnemente frente a una dama, una bella dama, espléndida como la aurora, pero que dormÃa profundamente en un magnÃfico sofá. Un caballero, que debÃa de ser su marido dada la irritación que manifestaba ante su sueño inoportuno, intentaba despertarla con poco menos que zarandeos. Todo en vano. Ella seguÃa ajena a su enfado, a las sonrisas de los presentes, a la solemnidad maquinal de los lacayos y a la perpleja impaciencia de los anfitriones.
Mi pequeño amigo se sentó con aire despectivo, como si el desdén apagara su curiosidad.