Cuentos goticos
Cuentos goticos —Los moralistas harÃan innumerables comentarios certeros sobre esa escena —dijo—. Advierta, en primer lugar, la ridÃcula situación en la que su veneración supersticiosa a rangos y tÃtulos pone a todas esas personas. Como él es un prÃncipe reinante de algún principado minúsculo, cuya ubicación exacta nadie ha descubierto aún, ninguno osará tomar su vaso de agua azucarada hasta que despierte la princesa. Y, a juzgar por la experiencia anterior, esos pobres lacayos tal vez tengan que esperar un siglo a que lo haga. ¡Observará también, hablando siempre como moralista, lo difÃcil que es romper los malos hábitos adquiridos en la juventud!
En aquel preciso momento el prÃncipe consiguió despertar a la bella durmiente (no vi por qué medio). Pero al principio ella no recordaba dónde estaba y, mirando a su marido con ojos tiernos, sonrió y dijo:
—¿Eres tú, mi prÃncipe?
Pero él estaba demasiado pendiente de la burla disimulada de los presentes y del propio fastidio para corresponderle con la misma ternura, y se dio la vuelta con una breve expresión francesa equivalente a «¡Bah, bah, cariño!».
Tomé un vaso de delicioso vino de calidad desconocida y recuperé el valor suficiente para confesar a mi cÃnico compañero (que estaba empezando a hartarme, la verdad sea dicha) que me habÃa perdido en el bosque y habÃa llegado a aquel castillo por accidente.