Cuentos goticos
Cuentos goticos Y me pareció muy ofendido por mi inocente pregunta, como si esta condenara implícitamente algo que se refiriera a él. Guardó silencio, enfadado. Y en aquel momento capté la dulce y atractiva mirada de la dama que se sentaba enfrente (la señora que he mencionado al principio diciendo que ya no estaba en la flor de la juventud, y que le pasaba algo en los pies, que tenía alzados y apoyados en un cojín). Parecía decirme con la mirada: «Acércate y conversemos un poco». Así que me excusé con una venia silenciosa a mi pequeño compañero y me acerqué a la dama coja. Ella saludó mi llegada con un exquisito gesto de gratitud y me dijo, casi a modo de disculpa:
—Es un poco aburrido no poder moverse en estas veladas, pero es un castigo justo por mi vanidad juvenil. Mis pobres pies, que eran por naturaleza tan pequeños, se vengan ahora de mi crueldad por haberlos metido en zapatillas tan pequeñas… Además, monsieur —añadió con una grata sonrisa—, pensé que tal vez se hubiese cansado de las ocurrencias maliciosas de su pequeño compañero. No tenía el mejor carácter en su juventud, y los hombres así suelen ser cínicos de mayores.
—¿Quién es? —pregunté, con brusquedad inglesa.