Cuentos goticos

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—¡Bueno, la hemos visto! —exclamó mi bella compañera—. Aunque murió hace tanto, su sencilla historia de bondad doméstica y confiada sencillez persiste en la memoria de todos los que han oído hablar de ella; y los lugareños dicen que ver a esa niña fantasma en este aniversario da buena suerte para el año. Esperemos compartir la buena fortuna tradicional. ¡Oh, ahí está madame de Retz! Conserva el nombre de su primer marido porque era de más alcurnia que el de ahora, ¿sabe?

Se unió a nosotros nuestra anfitriona.

—Si a monsieur le gustan las bellezas de la naturaleza y del arte —dijo, advirtiendo que había estado contemplando la vista desde el ventanal—, tal vez le complazca ver el cuadro —suspiró en este punto, con leve afectación de pesar—. Ya sabes a qué cuadro me refiero —le dijo a mi compañera, que asintió con un gesto y sonrió con cierta malicia mientras yo seguía la sugerencia de madame.

La acompañé al otro lado del salón, observando de paso la viva curiosidad con que captaba los actos y palabras de cuantos la rodeaban. Cuando nos detuvimos al final de la pared vi el retrato de tamaño natural de un hombre apuesto de aspecto singular, pero con una expresión ceñuda y furibunda a pesar de su belleza. Mi anfitriona bajó los brazos, unió las manos y volvió a suspirar. Luego dijo, casi en un soliloquio:


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