Cuentos goticos
Cuentos goticos Creo que era cierto lo que dijo monsieur de la Tourelle (a las pocas semanas) de que para ser una gran dama, la señora de un castillo, daba demasiadas confianzas a mi camarera normanda. Pero tú sabes que no éramos por nuestro origen de rango muy diferente: Amante era hija de un campesino normando, y yo de un molinero alemán. Y además, ¡mi vida era tan solitaria! Casi parecía que no pudiese complacer a mi marido. Él había buscado a alguien que pudiese ser mi compañera ocasional, y ahora le molestaba mi llaneza con ella, se enfadaba porque a veces me reía de sus tonadas originales y de sus divertidos proverbios, mientras que con él me sentía demasiado asustada para sonreír.
De vez en cuando, nos visitaban familias que vivían a unas leguas y tenían que recorrer los malos caminos en sus voluminosos carruajes; y entonces se hablaba alguna que otra vez de que iríamos a París cuando los asuntos públicos se calmaran un poco. Aquellos pequeños acontecimientos y planes fueron las únicas variaciones en mi vida durante los primeros doce meses, si excluyo los cambios de humor de monsieur de la Tourelle, su cólera irracional y su apasionado cariño.