Cuentos goticos
Cuentos goticos Era otoño de nuevo, finales de octubre. Pero me había resignado a vivir allí. Las paredes de la parte nueva ya no estaban desnudas y lúgubres; habían retirado hacía mucho los escombros, siguiendo el deseo de monsieur de la Tourelle de hacerme un jardín en el que me proponía cultivar las plantas que recordaba que crecían en mi hogar. Amante y yo habíamos cambiado los muebles de las habitaciones, adaptándolos a nuestro gusto; mi marido había pedido de vez en cuando muchas cosas que creía que me complacerían, y estaba amoldándome a mi evidente encarcelamiento en determinada parte del gran edificio, que no había llegado a explorar del todo. Era de nuevo el mes de octubre, como digo. Los días eran preciosos, aunque cortos, y monsieur de la Tourelle tenía oportunidad, según él, de ir a aquella hacienda lejana cuya supervisión le alejaba de casa con tanta frecuencia. Se llevó a Lefebvre con él, y probablemente a algunos otros lacayos; solía hacerlo. Y me animé un poco al pensar en su ausencia; y entonces me dominó la nueva sensación de que era el padre del hijo que iba a tener, e intenté verlo bajo ese nuevo carácter. Procuré convencerme de que era su amor apasionado lo que le volvía tan celoso y tiránico, y de que a él obedecían las restricciones que imponía a la relación con mi querido padre, con quien ya no tenía el menor vínculo personal.