Cuentos goticos

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Me decía que mi marido me amaba, aunque más bien me lo preguntaba. Me demostraba regularmente su amor, si bien es cierto que de forma calculada para satisfacerse más que para satisfacerme. Yo creía que por ningún deseo mío se habría desviado un ápice del curso de acción predeterminado. Había comprobado la inflexibilidad de aquellos labios finos y delicados; sabía cómo podía cambiar la cólera su tez clara en palidez cadavérica y dar aquel brillo cruel a sus ojos azul claro. El afecto que pudiese sentir yo por una persona parecía razón suficiente para que él la odiara, y así estuve compadeciéndome una larga tarde sombría durante la ausencia que he mencionado: apenas alguna vez me acordaba de contenerme pensando en el nuevo vínculo secreto que nos unía, y luego lloraba por ser tan malvada. ¡Ay, qué bien recuerdo aquella larga tarde de octubre! Amante entraba de vez en cuando y me hablaba sin parar para animarme, de vestidos y de París y de qué sé yo, pero me miraba a cada poco fijamente con sus amables ojos oscuros, preocupada, aunque sólo hablara de frivolidades. Al final llenó el fuego de leña, corrió las gruesas cortinas de seda; pues yo había querido hasta entonces tenerlas abiertas para ver la luna pálida alzarse en el firmamento igual que la había visto siempre (la misma luna) alzarse detrás del Káiser Stuhl en Heidelberg; pero la vista me hacía llorar y Amante la tapó. Me dio órdenes como una niñera a una niña.


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