Cuentos goticos
Cuentos goticos Amante me escuchó con interés, y me contó, a su vez, algo de los sucesos y penas de su vida. Luego recordó su intención y fue a buscar el café que tenían que haberme servido hacía una hora; pero, en ausencia de mi marido, rara vez se atendían mis deseos, y yo no me atrevía a dar órdenes.
Volvió en seguida, con el café y un gran bizcocho.
—¡Mirad! —dijo, posándolo—. Contemplad mi botín. Madame tiene que comer. Los que comen siempre ríen. Y, además, tengo una pequeña noticia que complacerá a madame.
Me contó que había visto un manojo de cartas en la mesa de la cocina, entregadas por el mensajero de Estrasburgo aquella misma tarde: había recordado lo que acabábamos de hablar y había desatado rápidamente el cordel, pero sólo había tenido tiempo de encontrar una que parecía de Alemania: entonces llegó un sirviente y, del susto que le dio, se le cayeron las cartas; él las recogió insultándola por haberlas desatado y desordenado. Amante le dijo que creía que había una para su señora; pero el criado siguió echando pestes y le dijo que eso no era asunto suyo ni tampoco de él, pues tenía órdenes estrictas de llevar siempre toda la correspondencia que llegara cuando el amo no estaba a su sala privada, una habitación en la que yo no había entrado nunca, aunque daba al vestidor de mi marido.