Cuentos goticos
Cuentos goticos Pero a mí me parecía que no aguantaría hasta el día siguiente sin la carta. Quizá dijera que mi padre estaba enfermo, agonizando, ¡quizá llamara a su hija desde el lecho de muerte! En resumen, los pensamientos y las fantasías que me acosaban no tenían fin. De nada sirvió que Amante aventurara que a lo mejor se había equivocado, que no leía bien, que sólo había echado una ojeada a la dirección. Dejé enfriarse el café, no me apetecía comer y me retorcía las manos impaciente por conseguir la carta y saber algo de mis seres queridos. Amante conservó el buen ánimo imperturbable, primero razonando y luego rezongando. Al final dijo, como si estuviera agotada, que, si aceptaba tomar una buena cena, vería qué se podía hacer para ir a la habitación del señor a buscar la carta cuando los sirvientes se acostaran. Acordamos que iríamos juntas y revisaríamos la correspondencia cuando todo estuviera en silencio. No había ningún mal en eso; y, sin embargo, por alguna razón, éramos tan cobardes que no nos atrevíamos a hacerlo claramente y delante de todos.