Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Tienta, Henri! Esta daga está afilada. Si mi esposa dice una palabra y soy tan estúpido que no le cierro bien la boca antes de que se nos echen encima los gendarmes, haz que ese buen acero se abra paso hasta mi corazón. Que haga la menor suposición, que tenga la más ligera sospecha de que no soy un grand propriétaire, no digamos ya que imagine que soy un jefe de los Chauffeurs y ese mismo dÃa sigue a Victorine en el largo viaje más allá de ParÃs.
—O no conozco a las mujeres o aun asà te burlará. Las calladitas son el mismÃsimo diablo. Se irá en alguna de tus ausencias llevándose algún secreto que acabará con nosotros en la rueda.
—¡Bah! —dijo él, y añadió al momento—: Que se vaya si quiere. Pero la seguiré a donde vaya; asà que no grites antes de hacerte daño, no seas agorero.