Cuentos goticos
Cuentos goticos Para entonces casi habían desnudado al difunto y empezaron a hablar de lo que harían con él. Les oí decir que era el sieur de Poissy, un caballero vecino, que yo sabía que cazaba a veces con mi marido. No lo había visto nunca, pero, por lo que decían, parecía haberlos sorprendido mientras robaban a un mercader de Colonia y lo torturaban según la cruel costumbre de los Chauffeurs, que achicharraban los pies a sus víctimas para obligarlos a revelar cualquier secreto relacionado con sus bienes, que luego aprovechaban ellos. Y este sieur de Poissy se les había echado encima y había reconocido a monsieur de la Tourelle, así que le habían matado y lo habían trasladado cuando cayó la noche. Oí la risilla del que llamaba marido mientras comentaba cómo habían amarrado con correas al hombre muerto delante de uno de los jinetes, a fin de que cualquiera que lo viera al pasar creyera que el asesino sostenía tiernamente a un enfermo. Repitió una respuesta burlona de doble sentido que él mismo había dado a alguien que preguntó. Disfrutaba de los equívocos, aplaudiendo en silencio el propio ingenio. ¡Y entretanto, los pobres brazos inertes extendidos del difunto yacían junto a su primorosa bota! Entonces, otro se agachó (se me paró el corazón) y recogió una carta del suelo, una carta que se había caído del bolsillo de monsieur de Poissy, una carta de su esposa, llena de tiernas palabras de cariño y lindos susurros de amor. La leyeron en voz alta comentando groseramente cada frase, procurando cada uno superar al anterior. Cuando llegaron a unas palabras bonitas sobre un tierno Maurice, su hijo pequeño, que estaba con su madre de visita en algún sitio, se burlaron de monsieur de la Tourelle diciéndole que algún día escucharía las mismas tonterías femeninas. Creo que hasta aquel momento sólo le había tenido miedo. Pero su réplica brutal y furiosa me hizo aborrecerlo más de lo que lo temía. Al fin se cansaron de su salvaje diversión; ya le habían quitado las joyas y el reloj, y examinado el dinero y los papeles; y al parecer tenían que sepultar el cadáver discretamente antes del amanecer. No se habían atrevido a dejarlo donde lo habían asesinado por miedo a que la gente lo reconociera y levantara un revuelo contra ellos. Pues hablaban como si su constante empeño fuese mantener en el entorno inmediato de Les Rochers el mayor orden y la mayor tranquilidad, para no dar nunca motivo de que acudieran los gendarmes. Discutieron un poco si debían ir a la despensa del castillo por la galería para calmar el hambre antes o después del rápido entierro. Yo escuchaba con atención febril apenas el significado de estas palabras llegaba a mi cerebro calenturiento y trastornado, pues lo que decían parecía grabarse con tremenda fuerza en mi memoria y casi no podía evitar repetirlo en voz alta como un eco sordo, desdichado e inconsciente; pero tenía la mente entumecida y no podía captar el sentido de lo que oía a menos que me nombraran a mí y entonces, supongo, algún instinto de supervivencia despertaba y me agudizaba el juicio. ¡Cómo agucé los oídos y desentumecí manos y piernas empezando con movimientos convulsivos que temía que me traicionasen! Recogí cada palabra que pronunciaban sin saber con qué propósito, pero con la sensación de que, decidiesen lo que decidiesen, al final mi única posibilidad de escapar se acercaba. Se me ocurrió entonces que él podría ir a su dormitorio antes de que yo aprovechara aquella única oportunidad, en cuyo caso advertiría mi ausencia. Dijo que tenía las manos sucias (me estremecí al pensar que de sangre) y que iba a lavárselas; pero alguna broma amarga le hizo cambiar de idea y salió de la habitación con los otros dos por la puerta de la galería. ¡Me dejaron sola en la oscuridad con el cadáver rígido!