Cuentos goticos
Cuentos goticos O ahora o nunca, me dije, pero no podía moverme. No me lo impedían las articulaciones agarrotadas sino la idea de la proximidad de aquel hombre muerto. Me pareció, aún me lo parece, oír que movía el brazo que tenía más cerca; que lo alzaba implorante una vez más y lo dejaba caer con absoluta desesperación. Grité aterrada ante esa fantasía, si de fantasía se trataba, y mi propia voz extraña rompió el hechizo. Me aparté del cadáver acercándome al lado más alejado de la mesa con tanta cautela como si de verdad temiese que me agarrara aquel pobre brazo inerte e impotente para siempre. Me incorporé con cuidado y me apoyé en la mesa, mareada y temblorosa, demasiado aturdida para saber qué hacer a continuación. Casi me desmayo al oír el susurro de Amante al otro lado de la puerta: «¡Madame!». La fiel criatura había estado vigilando, me había oído gritar y había visto a los tres rufianes salir por la galería, bajar las escaleras y cruzar el patio hasta las dependencias de la otra ala del castillo, y se había acercado con sigilo a la puerta de la habitación en que me encontraba. Su voz me dio fuerzas. Caminé directamente hacia ella como quien, sorprendido por la noche en un páramo, ve de pronto una pequeña luz fija que indica habitaciones humanas y, animándose, avanza derecho. No sabía dónde me encontraba ni de dónde venía aquella voz. Pero tenía que llegar hasta ella o moriría. La puerta se abrió de pronto, no sé quién de las dos lo hizo, le eché los brazos al cuello, apretándola hasta que me dolieron las manos. Ella no dijo una palabra, sólo me levantó en sus brazos vigorosos, me llevó a mi habitación y me echó en la cama. No recuerdo más. Perdí el conocimiento en cuanto me dejó allí. Lo recobré con la terrorífica idea de que mi marido estaba a mi lado, convencida de que se ocultaba en la habitación, esperando mis primeras palabras, el menor signo de la espantosa verdad que yo conocía, para asesinarme. No me atrevía a respirar más deprisa, medía y calculaba cada inspiración profunda; no abrí la boca, no me moví, ni siquiera abrí los ojos hasta mucho después de recobrar plenamente mi desdichado conocimiento. Oía que alguien que iba y venía por el dormitorio con movimientos suaves pero resueltos, no por curiosidad o simple entretenimiento; alguien entraba y salía del salón; y yo seguía echada en silencio, segura de que la muerte era inevitable y deseando que pasara la agonía. De nuevo estuve a punto de desmayarme; pero, cuando me hundía en esa horrible sensación de la nada, oí la voz de Amante que decía a mi lado: