Cuentos goticos

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Digo todo esto para dar una idea de lo deseable que era en la imaginación de los barfordianos que alguien alquilase la Casa Blanca; y, para poner todavía más las cosas en su punto, han de añadir ustedes por su cuenta el bullicio y el misterio que cada pequeño acontecimiento levanta y la importancia que adquiere en una población pequeña; y tal vez entonces no les cause ningún asombro que veinte pequeños arrapiezos andrajosos acompañasen al susodicho «caballero» hasta la puerta de la Casa Blanca; ni que, aunque se pasase más de una hora inspeccionándola, bajo los auspicios del señor Jones, el empleado del administrador, antes de que saliese se sumaran a la multitud expectante otros treinta, que esperaban recoger migajas de información antes de que las amenazas o los fustazos les alejasen del campo de audición. El «caballero» y el empleado del administrador salieron al fin. Este último hablaba mientras cruzaba el umbral siguiendo al caballero, que, aunque era alto y apuesto y vestía bien, tenía en los ojos azul claro, de rápida mirada, un brillo frío y siniestro que no habría gustado a ningún observador atento. No había observadores atentos entre aquellos muchachos y aquellas chicas boquiabiertas y desabridas. Y estaban demasiado cerca, inconvenientemente cerca; y el caballero alzó la mano derecha, en la que llevaba una fusta corta, y asestó un par de golpes certeros a los más próximos, con una expresión de gozo brutal en la cara cuando se apartaron gimiendo y llorando. Un instante después, su semblante había cambiado.


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