Cuentos goticos
Cuentos goticos Entonces todos proclamaron a voces que sospechaban del jinete que había llegado la noche anterior. Dijeron que había hecho muchas preguntas sobre la dama, cuya actitud arrogante comentaban todos en la salle-à-manger cuando entró él. Estaban hablando de ella cuando nosotras nos fuimos; él debía haber llegado poco después, y hasta que no supo todo lo que quería saber de ella no había dicho nada del asunto que le obligaba a marcharse al amanecer; luego lo arregló todo con el posadero y con el caballerizo para disponer de las llaves del establo y de la puerta cochera. En resumen, no había dudas sobre el asesino, incluso antes de que se presentara el funcionario al que había avisado el médico. Pero lo que decía el papel aterrorizó a todo el mundo. Los Chauffeurs, ¿quiénes eran? Nadie lo sabía, algunos de la banda podrían estar allí escuchándolo todo y apuntando nuevos objetos de venganza. Yo había oído hablar poco en Alemania de aquella banda terrible, y no había prestado más atención a las historias sobre ella que contaron alguna que otra vez en Carlsruhe de la que suele prestarse a los cuentos de ogros. Pero allí, en su territorio, comprendí el espanto que inspiraba. Nadie sería legalmente responsable de ninguna prueba que incriminara al asesino. El fiscal rehuyó cumplir con los deberes de su oficio. ¿Qué digo? Ni Amante ni yo, que sabíamos mucho más de la culpabilidad del hombre que había asesinado a aquella pobre dama mientras dormía, nos atrevimos a abrir la boca. Simulamos ignorarlo absolutamente todo, nosotras, que podríamos haber contado tanto. Pero ¿cómo íbamos a contarlo? Estábamos muertas de ansiedad y de fatiga, sabiendo que nosotras éramos víctimas sentenciadas. Y que la sangre que chorreaba de la ropa de cama manaba de la pobre difunta porque la habían confundido conmigo en vida.