Cuentos goticos

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Al final Amante se acercó al posadero y le pidió permiso para dejar la posada, actuando en todo abierta y humildemente, para no despertar sospechas ni mala voluntad. En realidad, la sospecha iba en otra dirección, y nos permitió con gusto que nos marcháramos. Pocos días después estábamos al otro lado del Rin, en Alemania, abriéndonos paso rumbo a Fráncfort, pero seguíamos disfrazadas y Amante seguía trabajando en su oficio.

Encontramos en el camino a un joven oficial artesano de Heidelberg. Yo le conocía, aunque no quería que él me reconociera. Le pregunté sin aparentar preocupación cómo le iba al viejo molinero. Me dijo que había muerto. La confirmación de los peores temores motivados por su prolongado silencio me impresionó indescriptiblemente. Era como si todos mis apoyos desaparecieran. Aquel mismo día le había dicho a Amante la paz y el bienestar que la esperaban en casa de mi padre; la gratitud que el anciano sentiría hacia ella; y que allí, en aquel hogar tranquilo y lejos de la terrible tierra de Francia, encontraría reposo y seguridad el resto de su vida. Creía que tenía que prometer todas estas cosas e incluso las esperaba para mí. Esperaba desahogarme y descargar la conciencia contándole todo lo que sabía a mi mejor amigo, a mi amigo más sabio. Recurría a su amor como guía segura y como apoyo y consuelo, y ahora me había sido arrebatado para siempre.


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