Cuentos goticos
Cuentos goticos Salí de la estancia al oír tan triste noticia. Amante me siguió luego.
—Pobre señora —me dijo, consolándome lo mejor que podía. Y me contó poco a poco todo lo que había averiguado de mi hogar, del que sabía casi tanto como yo por mis frecuentes comentarios sobre el mismo en Les Rochers y en el lúgubre y triste camino que habíamos recorrido. Había seguido hablando con el joven, interesándose por mi hermano y por su mujer. Seguían viviendo en el molino, claro, pero le había dicho (no sé hasta qué punto es cierto, pero entonces lo creí firmemente) que Babette dominaba completamente a mi hermano, que sólo veía por sus ojos y oía por sus oídos. Que habían corrido últimamente muchos rumores en Heidelberg sobre su súbita amistad con un gran caballero francés que se había presentado en el molino, un pariente político, en realidad, casado con la hermana del molinero, que, a decir de todos, se había portado de forma abominable y desagradecida. Pero eso no había sido un obstáculo para la súbita e íntima amistad de Babette con el caballero francés, a quien acompañaba a todas partes; y con quien se escribía continuamente (el hombre de Heidelberg dijo que lo sabía a ciencia cierta). Pero su marido no veía ningún mal en ello, al parecer. Aunque, por supuesto, estaba tan abatido por la muerte de su padre y la noticia de la infamia de su hermana, que apenas podía levantar la cabeza.