Cuentos goticos

Cuentos goticos

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A mí no se me ocurría un plan mejor, así que nos atuvimos a este. Encontramos dos habitaciones amuebladas de alquiler en una callejuela de Fráncfort, en una sexta planta. Una no tenía luz natural. Una lámpara sucia colgaba del techo, y de ella o de la puerta abierta que daba al dormitorio procedía nuestra única luz. El dormitorio era más alegre, pero muy pequeño. Aun así, casi excedía nuestras posibilidades. Apenas nos quedaba dinero de la venta del anillo, y Amante era forastera en el lugar, sólo hablaba francés, además, y los buenos alemanes odiaban a los franceses con toda su alma. Sin embargo, nos fue mejor de lo que esperábamos, e incluso olvidé un poco mi confinamiento. No salía nunca ni veía a nadie, y el hecho de no hablar alemán mantenía también a Amante en un estado de aislamiento.

Al final, mi hija nació, pobre hijita mía, peor que sin padre. Pero era una niña, como yo había pedido. Había temido que si era niño heredase algo de la ferocidad de su padre, pero una niña me parecía completamente mía. Aunque no sólo mía, pues el entusiasmo y la admiración de Amante casi superaban los míos; y en demostraciones externas los superaban, desde luego.




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