Cuentos goticos

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No habíamos podido permitirnos otra ayuda que la que pudo prestarnos una partera vecina, que iba a vernos a menudo, llevando siempre consigo una pequeña reserva de historias prodigiosas y chismes espigadas en su trabajo. Un día empezó a hablarme de una gran dama a cuyo servicio había estado su hija como fregona o algo así. ¡Era una dama bellísima y tenía un marido muy apuesto! Pero ya se sabe que las penas llegan a palacio igual que a las chozas y, nadie sabía el cómo ni el porqué, pero el caso era que el barón de Roeder había incurrido en la venganza de los temibles Chauffeurs; pues no hacía muchos meses, cuando la señora iba a visitar a sus parientes de Alsacia, la habían apuñalado mientras dormía en una posada del camino. ¿No lo había leído en la Gazette? ¿No me había enterado? Pues le habían dicho que habían puesto carteles hasta Lyon donde el barón de Roeder ofrecía una gran recompensa por cualquier información sobre el asesino de su esposa. Pero nadie podía ayudarle, pues quienes podrían declarar tenían demasiado miedo a los Chauffeurs; le habían contado que eran cientos, ricos y pobres, grandes caballeros y campesinos, todos unidos por los juramentos más espantosos para perseguir y dar muerte a cualquiera que atestiguara contra ellos; así que ni siquiera los que sobrevivían a las torturas a las que sometían a muchos a los que robaban, se atrevían a reconocerlos, y no se atreverían a hacerlo aunque los vieran en el banquillo de los acusados en un tribunal de justicia; pues, aunque condenaran a uno, ¿no quedarían cientos que habían jurado vengar su muerte?


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