Cuentos goticos

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Recuperé las fuerzas con el tiempo, al menos un poco. Podía trabajar un poco en la casa y tomar el sol con mi bebé en la ventana. No me atrevía a tomar más aire. Llevaba siempre el disfraz con el que me había escapado. Y también renovaba continuamente el tinte que me desfiguraba el color del pelo y la cara. Pero el permanente estado de terror en que había vivido los meses que siguieron a mi huida de Les Rochers me impedía pensar siquiera en volver a caminar a la luz del día, expuesta a la mirada y el reconocimiento de cualquier transeúnte. En vano razonaba Amante; en vano insistía el doctor. Sumisa en todo lo demás, en eso era obstinada. No quería salir. Amante regresó del trabajo un día con noticias, buenas por un lado y preocupantes por otro. Las buenas eran que el sastre para quien trabajaba se proponía enviarlos a ella y otros oficiales a una mansión al otro lado de Fráncfort, donde iban a celebrarse funciones teatrales y se necesitaban muchos trajes nuevos y muchos arreglos de otros. Los sastres empleados tenían que quedarse en la casa hasta que pasara el día de la representación, pues quedaba a bastante distancia de la ciudad, y nadie sabía cuándo terminaría su trabajo. Pero la paga era proporcionalmente buena.




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