Cuentos goticos
Cuentos goticos La otra cosa que tenía que contarme era esta: se había encontrado aquel día al joyero ambulante al que habíamos vendido mi anillo. Era un anillo bastante peculiar que me había regalado mi marido. Ya entonces habíamos pensado que podía ser un medio de seguirnos el rastro, pero estábamos hambrientas y sin dinero, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Amante creía que el francés la había reconocido en el mismo instante en que ella le reconoció a él. Y así se lo había confirmado el hecho de que la siguiese durante un trecho al otro lado de la calle; pero había conseguido eludirlo gracias a que conocía mejor la ciudad y a la creciente oscuridad de la noche. De todos modos, el plan de irse tan lejos de nuestro domicilio al día siguiente aún era bueno; y había comprado una reserva de provisiones, rogándome que no saliera, con un extraño temor que parecía olvidar que yo no había vuelto a cruzar el umbral de la casa desde el día que entré en ella, y que apenas me atrevía a bajar las escaleras. Pero, aunque mi pobre, mi querida y fiel Amante parecía una posesa aquella última noche, hablaba continuamente de los muertos, que es una mala señal para los vivos. Te besó, sí, fue a ti, a mi hija, mi cariño, a quien llevé en mi seno lejos del espantoso castillo de tu padre (lo llamo así por primera vez, y volveré a hacerlo otra vez antes de terminar), Amante te besó, tierna niñita, bendito consuelo, como si no pudiese parar. Y luego se marchó, viva.