Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Transcurrieron dos días, tres días. El tercero por la tarde, tenía las puertas cerradas (tú dormías en tu almohada a mi lado), cuando oí pasos en la escalera y supe que alguien venía a verme a mí. Porque las nuestras eran las habitaciones más altas. Llamaron. Contuve la respiración. Pero reconocí la voz del buen doctor Voss. Me acerqué sigilosamente a la puerta y abrí.

—¿Estáis solo? —pregunté.

—Sí —contestó—. Dejadme entrar.

Le dejé entrar y lo vi tan en guardia como yo al cerrar la puerta con pestillo y tranca. Luego se acercó y me contó en un susurro la lúgubre historia que había ido a comunicarme. Venía del hospital que quedaba en el barrio del otro extremo de la ciudad, el hospital en el que asistía a los enfermos. Tendría que haber ido a verme antes, pero temía que le vigilaran. Llegaba del lecho de muerte de Amante. Sus temores sobre el joyero estaban muy bien fundados. Había salido aquella mañana de la casa donde trabajaba, para arreglar algún asunto relacionado con su trabajo en la ciudad; debían haberla seguido y acechado cuando volvió por senderos solitarios, pues algunos guardabosques de la mansión la habían encontrado allí apuñalada, pero todavía con vida; con el puñal atravesando la fatídica nota de nuevo, pero en esta ocasión con la palabra «uno» subrayada, como para demostrar que el asesino era consciente de su error anterior.


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