Cuentos goticos

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Numéro Un.

Ainsi les Chauffeurs se vengent.

La habían llevado a la casa y le habían dado reconstituyentes hasta que recuperó un poco el uso de la palabra. Pero, ay, mi querida y fiel amiga y hermana. Incluso entonces me recordó, y se negó a decir dónde y con quién vivía (ninguno de sus compañeros de trabajo lo sabía). La vida se le escapaba rápidamente y no tuvieron más remedio que llevarla al hospital más próximo, donde, lógicamente, se descubrió la verdad sobre su sexo. Por suerte tanto para ella como para mí, el médico de servicio era el mismísimo doctor Voss, a quien ya conocíamos. A él, mientras esperaba al confesor, le explicó lo suficiente para que comprendiera la posición en que me quedaba yo. Y murió antes de que el sacerdote oyera la mitad de su confesión.

El doctor Voss me dijo que había dado muchos rodeos, y esperado hasta altas horas de la noche, por temor a que le estuviesen vigilando y le siguieran. Pero creo que no lo hicieron. De todos modos, como supe después por él, cuando el barón de Roeder se había enterado de la similitud en todos los detalles de este asesinato con el de su esposa, buscó con tanto ahínco a los asesinos que, aunque no los encontró, estos se vieron obligados a huir de momento.


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