Cuentos goticos
Cuentos goticos No puedo contarte ahora los argumentos con los que el doctor Voss, en un principio sólo mi benefactor, pues me ofreció una parte de sus módicos ingresos, me convenció al fin de que fuese su esposa. Su esposa, decía él, y lo decía yo; pues hicimos la ceremonia religiosa demasiado ligera entonces, y como ambos éramos luteranos, y monsieur de la Tourelle había simulado ser de la religión reformada, me habría concedido el divorcio de él fácilmente por la ley alemana, tanto eclesiástica como civil, si hubiésemos podido citar a tan espantoso hombre a un juzgado. El buen doctor nos llevó a mí y a mi hija con sigilo a su modesta vivienda; y allí viví en el más completo retiro, sin ver nunca la luz del día, aunque, cuando se me quitó el tinte de la cara, mi esposo no quiso que volviera a ponérmelo. No hacía falta; mi cabello rubio era gris, mi tez cenicienta, ningún ser humano habría reconocido a la joven lozana y rubia de dieciocho meses antes. Las pocas personas a quienes veía sólo me conocían como madame Voss; una viuda mucho mayor que él, con quien el doctor se había casado en secreto. Me llamaban «la mujer gris».