Cuentos goticos
Cuentos goticos No se le ocurrió al padre preocupado preguntar siquiera en qué basaba su buen amigo la opinión que tenía del señor Higgins; la había expuesto con demasiada vehemencia para pensar en la posibilidad de que no estuviese bien fundada. El señor Hearn no era dado por naturaleza a dudas, cavilaciones o recelos y en aquel caso sólo le inquietaba el amor por su única hija, Catherine. Pero, después de lo que había dicho sir Harry, pudo volver con la inquietud apaciguada, aunque con piernas inseguras, al salón, donde su bella y ruborosa hija y el señor Higgins estaban muy juntos en la alfombra delante de la chimenea: él cuchicheaba y ella escuchaba con los ojos bajos. Catherine parecía tan feliz, le recordaba tanto a su difunta madre de joven, que en lo único que pensaba su padre era en complacerla más. Su hijo y heredero estaba a punto de casarse y llevaría a su esposa a vivir con él; Barford y la Casa Blanca no quedaban ni a una hora a caballo; e incluso mientras le pasaban por la cabeza esas ideas, le preguntó al señor Higgins si no podía quedarse a pasar la noche, se había puesto ya la luna nueva, los caminos estarían oscuros… y Catherine alzó la vista con cierta ansiedad esperando la respuesta, aunque no parecía dudar mucho sobre ella.