Cuentos goticos
Cuentos goticos —No, Davis, no se vaya. Quiero que se quede. Abriremos una botella de oporto y asà Saunders se pondrá de buen humor. Quiero hablarle de ese asesinato —continuó, bajando la voz y hablando en tono ronco y quedo—. Era una anciana y él la mató cuando estaba en su casa leyendo la Biblia sentada junto a la chimenea.
Miró al señor Davis con una mirada extraña, inquisitiva, como si buscara cierta solidaridad en el horror que le inspiraba la idea.
—¿A quién se refiere usted, estimado señor? ¿Qué asesinato es ese que tanto le preocupa? Aquà no han asesinado a nadie.
—¡No, estúpido! ¡Ya le he dicho que ha sido en Bath! —dijo el señor Higgins, con súbita irritación. Luego se calmó y, con una afabilidad delicadÃsima, posó una mano en la rodilla del señor Davis; allÃ, sentados junto al fuego, y deteniéndole amistosamente, inició la narración del crimen que tanto le habÃa impresionado; pero con la voz y la actitud forzadas en una quietud pétrea. En ningún momento miró a la cara al señor Davis, que recordarÃa después que la mano que tenÃa posada en la rodilla le habÃa apretado varias veces con la fuerza de un torno.