Cuentos goticos
Cuentos goticos —La anciana vivía con su doncella en una calle antigua y tranquila. La gente decía que era una buena mujer. Pero, a pesar de eso, acumulaba y acumulaba y nunca daba limosna a los pobres. ¿No cree que es una perversidad no dar nada a los pobres, señor Davis? Una perversidad… una perversidad. Yo siempre doy limosnas, porque una vez leí en la Biblia que «la caridad cubre multitud de pecados». Y esa anciana malvada nunca daba limosnas, sino que guardaba el dinero y ahorraba y ahorraba. Alguien se enteró. Yo creo que iba sembrando la tentación en su camino y que Dios la castigará por ello. Y este hombre, aunque podría haber sido una mujer, quién sabe, esa persona, se enteró también de que ella iba a la iglesia por las mañanas y su doncella por las tardes. Así que, mientras la doncella estaba en la iglesia, y la calle y la casa en absoluta calma, y empezaba a oscurecer una tarde de invierno, ella daba cabezadas sobre la Biblia, y ¡fíjese bien!, eso es pecado, es un pecado que Dios castigará tarde o temprano… y se oyeron pisadas en las escaleras en penumbra, y la persona de quien le he hablado entró en la habitación. Al principio, él… ¡no! Al principio, es de suponer, porque todo esto es simple conjetura, ¿comprende?, se supone que él le pidió con bastante corrección que le diera el dinero o que le dijese dónde estaba. Pero la vieja avara se resistió y no pidió clemencia ni le dio las llaves cuando la amenazó, sino que le miró a la cara como si fuese un niño pequeño… ¡Dios santo, señor Davis! Cuando era un inocente, soñé una vez que cometería un crimen así y me desperté llorando, y mi madre me consoló… Por eso tiemblo ahora… por eso y por el frío, ¡porque hace muchísimo frío!