Cuentos goticos

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—¡Sabe Dios! —dijo el señor Davis muy solemne. Y añadió, levantándose—: Es una historia terrible, no me gusta nada tener que dejar este local caliente e iluminado y salir a la oscuridad después de oírla. Pero hay que hacerlo —concluyó, abotonándose el sobretodo—, lo único que puedo decir es que espero que encuentren al asesino y le ahorquen. Y estoy seguro de que lo harán. Le aconsejo, señor Higgins, que le calienten bien la cama y que se tome un ponche de melaza al acostarse. Si me lo permite, le enviaré a usted mi respuesta a Filólogo antes de enviársela al amigo Urban.

Al día siguiente por la mañana, el señor Davis visitó a la señorita Pratt, que no se encontraba muy bien, y, para resultar simpático y ameno, le contó todo lo que había oído la noche anterior sobre el asesinato de Bath; y la verdad es que hizo una descripción tan coherente que interesó muchísimo a la señorita Pratt por el destino de la anciana, debido en parte a la similitud de la situación de ambas. Pues ella también atesoraba dinero en secreto, sólo tenía una sirvienta y se quedaba en casa sola los domingos por la tarde para que su sirvienta fuera a la iglesia.

—¿Y cuándo ha sucedido todo eso? —preguntó.

—No recuerdo si el señor Higgins mencionó el día, pero supongo que tuvo que ser el domingo pasado.

—Hoy es miércoles. Las malas noticias vuelan.


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