Cuentos goticos

Cuentos goticos

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El dueño de la finca a principios de este siglo era el señor Patrick Byrne Starkey. Su familia había conservado la antigua fe, y eran católicos devotos, que consideraban pecado incluso casarse con una persona de origen protestante, por mucho que esta manifestara el deseo de abrazar la religión católica. El padre del señor Patrick Starkey había sido partidario de Jacobo II, y durante la desastrosa campaña de ese monarca se había enamorado de una beldad irlandesa, una tal señorita Byrne, tan celosa seguidora de su religión y de los Estuardo como él. Él había huido a Francia y de allí había regresado a Irlanda, se había casado con ella y había vuelto a la corte en Saint Germains. Sin embargo, los díscolos caballeros que acompañaron al rey Jacobo en su exilio se habían permitido ciertas libertades que ofendieron a su bella esposa y le disgustaron a él, así que se fue de Saint Germains a Amberes, desde donde, unos años después, regresó discretamente a la casa solariega de los Starkey (algunos de sus vecinos de Lancashire habían hecho valer sus buenos oficios para reconciliarle con los poderes establecidos). Seguía siendo católico ferviente y tan acérrimo partidario de los Estuardo y de los derechos divinos de los reyes como siempre; pero su religión equivalía casi al ascetismo, y la conducta de aquellos con quienes había mantenido tan estrecha relación en Saint Germains no soportó la inspección de un moralista riguroso. Así que depositó su fidelidad donde no podía poner su estima y aprendió a respetar sinceramente el carácter recto y moral de quien aún consideraba un usurpador. El gobierno del rey Guillermo no tenía nada que temer de alguien como él. Así que regresó, como he dicho, con corazón sereno y mermada fortuna a su casa solariega, que se había precipitado lastimosamente en la ruina mientras su propietario había sido cortesano, militar y exiliado. Los caminos de la Cuenca de Bolland eran poco más que rodadas de carros. En realidad, el que subía a la casa discurría junto a una tierra labrada hasta el parque de los ciervos. Madam, que así solían llamar los campesinos a la señora Starkey, montaba detrás de su marido en una silla ligera, sujetando apenas el cinturón de cuero de él. El señorito (el futuro señor Patrick Byrne Starkey) iba en su poni guiado por un sirviente. Una mujer que sobrepasaba la mediana edad caminaba con paso firme y vigoroso junto al carro que llevaba buena parte del equipaje; y, encima de bolsas y cajas, se sentaba una muchacha de belleza deslumbrante, encaramada en el baúl más alto y balanceándose impávida con el bamboleo del carro por los caminos embarrados de finales de otoño. Llevaba en la cabeza el velo de Amberes, o mantilla negra española, y tal era en conjunto su aspecto que el viejo campesino que me describió el cortejo muchos años después me dijo que la gente la había tomado por extranjera. Completaban el grupo unos perros y el mozo que se encargaba de ellos. Pasaron en silencio, mirando con gesto serio y grave a la gente que salía de las casitas dispersas a saludar con una venia o una reverencia al verdadero señor «que al fin regresaba» y contemplaba la pequeña procesión con un asombro que no disipó el sonido de las pocas palabras que les oyeron cruzar en un idioma extraño. Les acompañó hasta la casa un individuo a quien el señor sacó de su ensimismamiento pidiéndole que fuese a ayudar con el carro. Este individuo explicó luego que, en cuanto la señora bajó del caballo, la mujer que he dicho que iba caminando mientras los demás iban en el carro o a caballo, se adelantó, la tomó en brazos (la señora Starkey era menuda y delicada), cruzó el umbral con ella y la depositó en casa de su marido al tiempo que susurraba unas palabras de agradecimiento con fervor extravagante. El señor se limitó a sonreír con gravedad al principio, pero cuando la mujer pronunció la bendición, se quitó el elegante sombrero adornado con plumas e inclinó la cabeza. La muchacha de la mantilla negra se adentró en la penumbra de la casa y besó la mano a la señora. Y eso es lo que el mozo contó a cuantos le rodearon cuando volvió, deseosos de saberlo todo y de enterarse de lo que le había dado el señor por sus servicios.


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