Cuentos goticos
Cuentos goticos ¿Por qué os cuento todo esto? Tengo poco que ver con el señor y la señora Starkey, y, sin embargo, hablo de ellos por extenso, como si me resistiese a llegar a las personas con quienes mi vida se mezcló de forma tan extraña. La misma mujer que había tomado en brazos a la señora y le había dado la bienvenida en casa de su marido en Lancashire era quien la había cuidado siempre en Irlanda. Bridget Fitzgerald no se había separado de ella más que durante su breve vida de casada. Su matrimonio con un hombre socialmente superior había sido desgraciado. Su marido había muerto, dejándola en una situación de pobreza aún mayor que en la que se hallaba cuando se conocieron. Tenía una hija, la hermosa muchacha que iba sentada en lo alto del carro cargado que habían transportado hasta la mansión. La señora Starkey había vuelto a tomar a Bridget a su servicio cuando enviudó. Y ella y su hija habían seguido «al ama» en todas sus vicisitudes: habían vivido en Saint Germains y en Amberes, y fueron con ella a su hogar de Lancashire. El señor Starkey regaló a Bridget una casita propia en cuanto llegaron, y se tomó más molestias en acondicionarla que en ninguna otra cosa aparte de su propia casa. La casita sólo era su residencia de nombre. Bridget siempre estaba arriba en la casa grande; en realidad, bastaba cruzar el bosque por un atajo para ir de su hogar al de su señora. Mary iba de una casa a otra del mismo modo a voluntad. La señora Starkey quería mucho a la madre y a la hija. Ambas ejercían mucha influencia en ella y, por medio de ella, en su marido. Todos los deseos de Bridget y de Mary se cumplían. No inspiraban antipatía, pues, aunque eran impulsivas y temperamentales, también eran generosas por naturaleza. Pero los demás sirvientes las temían, por creerlas los secretos espíritus rectores de la casa. Pues el señor Starkey había perdido todo interés por los asuntos seculares. La señora Starkey era afable, cariñosa y complaciente. Ambos estaban tiernamente unidos entre sí y a su hijo, pero cada día eludían más la preocupación de tomar decisiones sobre cualquier asunto, y de ahí que Bridget ejerciera su poder despótico. Mas, aunque todos cedieran a la «magia de su mente superior», Mary se rebelaba con frecuencia. Madre e hija se parecían demasiado para llevarse bien. Tenían peleas furiosas y reconciliaciones todavía más furiosas. A veces habrían podido clavarse un puñal en el acaloramiento de las riñas. En las demás ocasiones, ambas habrían dado con gusto la vida por la otra, sobre todo Bridget. Amaba a su hija mucho más de lo que esta sabría nunca; pues creo que, si lo hubiese sabido, no se habría cansado de la casa ni hubiese pedido a su señora que le buscara algún puesto de doncella en el continente, donde la vida era más alegre y en cuyo medio habían transcurrido sus años más felices. Creía que la vida es eterna, como todos los jóvenes, y que dos o tres años no eran nada y podía pasarlos lejos de su madre, de quien era la única hija. Bridget pensaba de otro modo, pero era demasiado orgullosa para manifestarlo. Si su hija quería marcharse, que se fuera. Pero la gente decía que envejeció diez años en dos meses durante ese período. Creía que Mary quería abandonarla. La verdad era que Mary deseaba marcharse de allí un tiempo para cambiar un poco, y se habría alegrado mucho llevándose a su madre.