Cuentos goticos
Cuentos goticos Los vecinos se habían acostumbrado a seguir sus idas y venidas y, un día, la echaron de menos. Nunca había sido muy sociable, pero verla por allí se había convertido en parte de la vida cotidiana. Y empezaron a extrañarse a medida que se sucedían los días y la puerta de su casa seguía cerrada, sin ningún resplandor en la ventana ni luz del fuego en el interior. Al final, alguien intentó abrir la puerta; estaba cerrada con llave. Algunos lo comentaron sin acabar de atreverse a mirar por la ventana sin postigos. Pero al fin se armaron de valor y comprobaron que la ausencia de Bridget de su pequeño mundo no se debía a muerte ni a accidente, sino que era algo premeditado. Los muebles pequeños que podían protegerse de los efectos del tiempo y la humedad estaban guardados en cajas. Y el cuadro de la Virgen había desaparecido de la pared. En una palabra, Bridget se había marchado sigilosamente sin dejar rastro. Yo supe después que ella y el perrito habían emprendido la larga búsqueda de su hija desaparecida. Era demasiado inculta para confiar en las cartas, aunque habría tenido medios de escribir y enviar muchas cartas. Pero confiaba en su profundo amor y creía que su instinto apasionado la llevaría hasta su hija. Además, viajar por el extranjero no era nuevo para ella, y sabía suficiente francés para explicar el objetivo de su viaje; contaba, además, con la ventaja de la caritativa hospitalidad de numerosos conventos lejanos, gracias a su religión. Pero los campesinos que rodeaban la mansión Starkey no sabían nada de eso. Se preguntaron vaga y lánguidamente qué le habría pasado durante un tiempo y luego se olvidaron de ella. Transcurrieron varios años. La casa grande y la casita de Bridget siguieron deshabitadas. El joven Starkey vivía lejos al cuidado de sus tutores. Hubo incursiones de lana y grano en los salones de la mansión; y sirvientes y campesinos hablaron de vez en cuando en voz baja de la conveniencia de entrar en casa de la anciana Bridget y salvar lo que hubiesen dejado la polilla y la herrumbre, que debían estar haciendo estragos. Pero siempre sofocaba la idea el recuerdo de su fuerte carácter y de su cólera ardiente; y se contaban en susurros historias sobre su espíritu imperioso y su vehemente fuerza de voluntad, hasta que el pensamiento de ofenderla por tocar cualquier objeto suyo, quedó investido de una especie de horror, pues estaban convencidos de que no dejaría de vengarse, viva o muerta.