Hijas y esposas
Hijas y esposas Lo primero que hizo Molly fue dirigirse a la ventana para ver lo que hubiera que ver. Justo debajo tenía un jardín con flores; un poco más allá, una pradera de hierba madura, que iba cambiando de color a medida que la brisa la recorría; a un lado, un imponente y antiguo bosque; y más allá, visible sólo si se acercaba mucho al alféizar o asomaba la cabeza, el plateado brillo de un estanque, a unos trescientos menos de distancia. Pasados el bosque y el estanque, la vista quedaba interrumpida por los viejos muros y los altos tejados de las enormes granjas. El delicioso silencio de principios de verano sólo lo interrumpía el canto de los pájaros, y el más próximo zumbido de las abejas. Al escuchar esos sonidos, que resaltaban aún más el silencio, e intentar desentrañar las formas que la distancia o las sombras oscurecían, Molly se olvidó de sí misma, hasta que volvió súbitamente al presente al oír voces en la habitación contigua: eran la señora Hamley y algún criado. Se dio prisa en vaciar su cofrecillo, y ordenó sus ropas en la anticuada cómoda, que también había de servirle de tocador. El mobiliario no podía ser más anticuado ni estar mejor conservado. Las cortinas eran de calicó[19a] estampado del siglo XVIII: el color estaba casi desteñido, pero la tela se veía exquisitamente limpia. Había una alfombrilla al lado de la cama, pero el suelo de madera, bien visible, era de un roble tan fino, tan bien ensamblado, plancha a plancha, que ni una mota de polvo se podía colar por los intersticios. Carecía de los lujos de la época moderna: ni escritorio, ni sofá ni espejo de cuerpo entero. En un rincón se veía una repisa que daba soporte a una vasija india llena de pétalos de rosas; y entre eso y el olor a madreselva que entraba por la ventana, la habitación estaba más exquisitamente perfumada que con cualquier perfume de toilette. Molly extendió su vestido blanco (de fecha y talla del año pasado) sobre la cama, a punto para iniciar la operación (nueva para ella) de vestirse para cenar, y, tras arreglarse el pelo y el vestido, y coger su tambor de bordar, abrió la puerta lentamente y vio a la señora Hamley tendida en el sofá.