Hijas y esposas
Hijas y esposas Y eso que la ropa interior que tenía era muy escasa, y no muy nueva; pero estaba hecha de primorosa tela, y sus diestros dedos la habían remendado con habilidad a lo largo de muchas noches, cuando sus alumnas dormían; y, mientras cosía, decidía en su fuero interno que llegaría el día en que otra le hiciera los zurcidos. De hecho, en aquellas tranquilas horas recordaba todas las ocasiones en que su voluntad había estado sujeta a la de otros, y las veía como una carga o un sufrimiento que nunca debía volver a ocurrir. ¡Qué propensa es la gente a desear una vida distinta de la que ha llevado siempre, una vida que ve, además, libre de preocupaciones y pesares! Recordó cómo en una ocasión, en ese verano que pasó en las Towers, después de prometerse con el señor Gibson, pasó más de una hora haciéndose un nuevo peinado que había copiado meticulosamente del libro de modas de la señora Bradley, ¡y que luego, cuando bajó, tras todo el esfuerzo, lady Cunmor la mandó de nuevo a su habitación, como si fuera una niña pequeña, ordenándole que volviera a peinarse como antes y no hiciera el ridículo de esa manera! En otra ocasión la envió a cambiarse de vestido, y todo para ponerse otro, en opinión de la señora Kirkpatrick, mucho menos adecuado, pero que casaba más con el gusto de la condesa. Eran cosas nimias, pero ejemplos recientes de lo que, en distintos grados, había tenido que soportar muchos años; y el aprecio que sentía por el señor Gibson crecía en proporción directa a su percepción de los males de que él iba ayudarle a sortear. Después de todo, ese intervalo marcado por la esperanza y el zurcido de su ropa interior, aunque entremezclado con sus labores como maestra, no fue desagradable. No debía preocuparse por el vestido de novia. Sus antiguos alumnos de las Towers iban a regalárselo; iban a vestirla de pies a cabeza en ese día propicio. Lord Cumnor, como ya se ha dicho, le había dado cien libras para su ajuar, y había dado orden al señor Preston de que le diera carta blanca para el desayuno de bodas en la casa solariega de Ashcombe. Lady Cumnor, a pesar de estar un tanto enfadada por no haber aplazado la boda hasta las vacaciones de Navidad de los niños, le había regalado a la futura novia un magnífico reloj de bolsillo con cadena de fabricación inglesa; menos delicado pero más útil que el que ella siempre llevaba consigo, elegante y extranjero, y que tantas veces la engañaba.