Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Sus preparativos estaban, pues, bastante avanzados, mientras que el señor Gibson todavía no había hecho ningún cambio en la casa ni en su decoración con vistas a recibir a la futura esposa. Sabía que debía hacer algo, pero ¿el qué? ¿Por dónde empezar, cuando había tantas cosas que poner en orden y él tenía tan poco tiempo para supervisarlas? Finalmente llegó a la sabia decisión de pedirle a una de las señoritas Browning, apelando a su antigua amistad, que se tomara la molestia de poner a punto lo más urgente; y resolvió que fuera su futura esposa quien se encargara de los detalles decorativos. Pero, antes de hacerles esa petición a las hermanas Browning, tenía que hablarles de su compromiso, del que nada sabían las gentes del pueblo, quienes atribuían sus frecuentes visitas a las Towers a la salud de la condesa. Y se dijo que se habría reído bajo el capote si alguna viuda de mediana edad le hubiera ido con una confesión como la que ahora iba a hacerle él a las señoritas Browning, y le disgustaba la idea de esa necesaria visita: pero había que hacerla, de modo que una tarde «se dejó caer», como solía decir, y les contó su historia. Al acabar el primer capítulo, es decir, al final del relato de los juveniles ardores del señor Coxe, las hermanas levantaron las manos sorprendidas.



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