Hijas y esposas
Hijas y esposas Pero el señor Gibson, ahorrador como era en sus gastos cotidianos, tenía un corazón en verdad generoso. Ya lo había demostrado al renunciar en favor de Cynthia al vitalicio que su futura esposa percibía por la pequeñísima propiedad que le había dejado el difunto señor Kirkpatrick; y también lo había dispuesto todo para que fuera a vivir con ellos como su propia hija en cuanto dejara la escuela donde estudiaba. El vitalicio era de unas treinta libras al año. Y le dio a la señora Kirkpatrick tres billetes de cinco libras, diciéndole que esperaba que disiparan sus objeciones sobre la venida de Cynthia para la boda; y en aquel momento a la señora Kirkpatrick le pareció que se disipaban, y se reflejó en ella el fuerte deseo del señor Gibson, e imaginó que era el suyo propio. Y, si la carta se hubiera escrito y el dinero enviado mientras duró el reflejo de ese afecto, Cynthia habría sido dama de honor de su madre. Pero cientos de pequeñas interrupciones demoraron la escritura de aquella carta, y al día siguiente el amor maternal había menguado; y el valor otorgado al dinero se había incrementado. Y es que el dinero había sido muy necesario en la vida de la señora Kirkpatrick, y le había costado mucho ganarlo; y, al mismo tiempo, la inevitable separación de madre e hija había disminuido la cantidad de afecto que aquélla tenía para prodigar. De este modo volvió a creer con firmeza que no sería sensato interrumpir los estudios de Cynthia; interrumpir el cumplimiento de sus deberes justo después del inicio del semestre; y le escribió a madame Lefevre una carta tan rebosante de tal convencimiento que ésta le respondió con otra que era casi un eco de sus propias palabras: su contenido, al ser transmitido al señor Gibson, que no estaba muy ducho en francés, zanjó la controvertida cuestión, causándole un moderado pero sincero pesar. Pero las quince libras no fueron devueltas. De hecho, no sólo esa suma, sino una gran parte de las cien libras que lord Cumnor le había dado para su ajuar, fueron necesarias para saldar algunas deudas en Ashcombe, pues la escuela había prosperado muy poco desde que la señora Kirkpatrick se hiciera cargo de ella. Y hay que poner en su haber el hecho de que prefiriera liquidar sus deudas antes que comprar elegantes vestidos. Y otra cualidad que hay que reconocerle a la señora Kirkpatrick es que siempre había procurado pagar lo que debía; su sentido del deber siempre salía a relucir. A pesar de otros pequeños defectos que pudieran derivarse de su carácter superficial y sin sustancia, no se sentía cómoda hasta que no saldaba sus deudas. Sin embargo, no tuvo ningún escrúpulo en apropiarse del dinero de su futuro marido y destinarlo a su propio uso, cuando decidió que no iba a darle el destino que él había planeado. Todo lo que compró para ella tenía como fin la ostentación, impresionar a las damas de Hollingford. Se dijo que nadie tenía que verle la ropa blanca y la ropa interior; en cambio, cualquier vestido que se pusiera podría dar mucho que hablar en la pequeña localidad.