Hijas y esposas
Hijas y esposas Molly intentaba conciliar el Osborne ideal con el real. El ideal era ágil, aunque fuerte, de rasgos griegos y ojos de águila, capaz de soportar largos ayunos e indiferente a lo que le dieran de comer, el real era afeminado en sus movimientos, aunque no en su figura; era de rasgos griegos, pero en sus ojos azules había una expresión fría y cansada. Era un tiquismiquis a la hora de comer, y su apetito no era nada homérico. Sin embargo, el héroe de Molly no debía comer más que Ivanhoe cuando era huésped del fraile Tuck; y después de todo, con pocos cambios, Molly comenzó a pensar que el señor Osborne Hamley podía resultar un héroe poético, si no caballeresco. Se mostraba en extremo atento con su madre, cosa que agradaba a Molly, y, por su parte, la señora Hamley parecía encantada con él hasta tal punto que, en un par de ocasiones, la muchacha se dijo que madre e hijo se habrían sentido más a gusto de no estar ella presente. Sin embargo, a la chica avispada aunque sencilla que era Molly le sorprendió que Osborne le hiciera algún guiño mental durante la conversación que tenía con su madre. En sus palabras había pequeños giros y florituras que Molly no pudo dejar de considerar graciosas extravagancias del lenguaje, poco corrientes en el diálogo diario entre madre e hijo. Pero era más halagador que otra cosa comprobar que un apuesto joven, que además era poeta, considerara que valía la pena charlar con tanto adorno en provecho de Molly. Y antes de que acabara la tarde, sin haberse dirigido directamente ni una vez el uno al otro, ella ya le había reintegrado al trono de su imaginación; de hecho, casi se sintió desleal a su querida señora Hamley por haber puesto en duda, poco después de conocer a Osborne, que mereciera la idolatría de su madre. Cada vez lo encontraba más hermoso, sobre todo cuando se animaba en alguna discusión con ella; y todas sus poses, aunque un poco estudiadas, eran elegantes en extremo. Antes de que Molly se marchara, el terrateniente y Roger volvieron de Canonbury.