Hijas y esposas
Hijas y esposas —¡Osborne está aquÃ! —dijo el señor hidalgo, sofocado y jadeante—. ¿Por qué diantres no nos has dicho que volvÃas a casa? Te hemos buscado por todas partes, justo cuando estábamos a punto de entrar en la posada. QuerÃa presentarte a Grabtley, a Fox, a lord Forrest… hombres del otro lado del condado a los que deberÃas conocer. Y Roger, en lugar de almorzar, te ha estado buscando, y resulta que te habÃas escabullido y estabas aquà tranquilamente, con las mujeres. Espero que la próxima vez que nos dejes me lo hagas saber. Por tu culpa no he disfrutado de ver el ganado más espléndido que han contemplado mis ojos, pensando que te habÃa vuelto a dar uno de tus desmayos.
—Me habrÃa desmayado de quedarme un rato más en ese ambiente. Pero siento haberle preocupado.
—¡Bueno, bueno! —dijo el señor Hamley, ya un tanto apaciguado—. Y también has preocupado a Roger. Me he pasado la tarde enviándole de aquà para allá.
—No se preocupe, señor —dijo Roger—. Lo único que lamento es que se inquietara tanto. Imaginé que Osborne se habrÃa ido a casa, pues sé que la feria no le interesaba mucho.
Molly interceptó una mirada entre los dos hermanos: una mirada de verdadera confianza y afecto, que, repentinamente, hizo que los apreciara a ambos a la luz de esa relación, que hasta entonces no habÃa advertido.
Roger se le acercó y se sentó a su lado.