Hijas y esposas
Hijas y esposas En cuanto la señora Gibson se enteró de que probablemente nadie echaría de menos su presencia (su marido había tomado un poco de pan y fiambre), expresó el deseo de que le subieran la cena, y la pobre Molly, que no se atrevía a comunicarles a los sirvientes semejante capricho, tuvo que subir primero una mesa, la cual, aunque pequeña, era demasiado pesada para ella, y posteriormente la cena propiamente dicha, que había dispuesto cuidadosamente sobre la mesa del comedor, tal como había visto hacer en Hamley, acompañada de fruta y flores que esa misma mañana habían enviado de diversas casas en las que el señor Gibson era muy respetado y apreciado. ¡Qué hermosa le había parecido la mesa un par de horas antes! ¡Y qué triste le parecía ahora, cuando, liberada por fin de la conversación de la señora Gibson, se sentó sola a tomarse un té frío y unos muslos del pollo! ¡Nadie admiraba sus preparativos, ni la destreza y buen gusto con que había puesto la mesa! Se había dicho que aquello agradaría a su padre, y éste ni siquiera lo había visto. Todos sus esfuerzos pretendían ser una muestra de buena voluntad hacia su madrastra, que ahora tocaba la campanilla para que se llevaran la bandeja, y de nuevo tuvo que ser Molly quien se encargara de ello.
Molly se apresuró a acabar la cena, y volvió a subir.