Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Hemos tenido una visita inesperada —dijo el señor Gibson—. Justo después de cenar ¿quién apareció? Pues el señor Preston. Me imagino que él ahora se encarga más que antes de las tierras de Hollingford. Sheepshanks se está haciendo viejo. Por lo que sospecho que veremos mucho a Preston. No se puede decir que sea tímido, precisamente, y estuvo aquí como Pedro por su casa. Si le hubiese pedido que se quedara, o hubiera hecho otra cosa que no fuese bostezar, seguramente aún lo tendríamos aquí. Pero desafío a cualquiera a que se quede cuando me da por bostezar.

—¿Te gusta el señor Preston, papá? —preguntó Molly.

—Tanto como la mitad de los hombres que conozco. Habla bien, y las ha visto de todos los colores. Sé muy poco de él, sólo que es el administrador de milord, lo cual es ya una garantía.

—Lady Harriet le criticó mucho el día que estuve con ella en la casa.

—Lady Harriet es una veleta: hoy le gusta una persona, y mañana no —dijo la señora Gibson, a quien siempre le dolía que Molly hablara de lady Harriet, o insinuara que había tenido trato con ella, por fugaz que hubiera sido.

—Tú debes de saber muchas cosas del señor Preston, querida. Supongo que en Ashcombre os veríais mucho.


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