Hijas y esposas

Hijas y esposas

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A la señora Gibson se le subieron los colores, y dirigió una mirada a Cynthia antes de contestar. El semblante de ésta delataba su decisión de no decir nada, por mucho que le insistieran.

—Sí, nos vimos mucho… durante una temporada. Es un hombre de carácter tornadizo. Pero siempre nos enviaba caza, y a veces fruta. Se contaban muchas historias de él, pero yo nunca las creí.

—¿Qué clase de historias? —preguntó raudo el señor Gibson.

—Oh, vagas historias, ya sabes. Escándalos, creo. Nadie los creía. Cuando quería, era muy agradable; y milord, que es una persona muy mirada, no lo tendría como administrador si esas historias fueran ciertas. Y yo tampoco las conozco con detalle, pues todos los escándalos me parecen un abominable chismorreo.

—Me alegro de haberle bostezado a la cara —dijo el señor Gibson—. Espero que haya captado la indirecta.

—Si fue uno de tus bostezos gigantes, papá, debió de parecerle más que una indirecta —dijo Molly—. Y si quieres un coro de bostezos la próxima vez que venga, yo me uniré. ¿Qué dices tú, Cynthia?


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