Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No sé —replicó ésta, con sequedad, mientras encendía una vela para irse a la cama. Las dos chicas solían hablar un rato antes de acostarse, en la habitación de una u otra, pero aquella noche Cynthia dijo que estaba muy cansada y cerró enseguida la puerta.

Al día siguiente, Roger se presentó como había prometido. Molly estaba en el jardín con Williams, planeando dónde poner unos nuevos arriates, y absorta en la labor de colocar estacas sobre el césped para señalar los distintos emplazamientos, cuando, incorporándose para ver el efecto, divisó la silueta de un caballero, sentado de espaldas a la luz, inclinado hacia delante, y hablando, o escuchando atentamente. Molly conocía perfectamente la forma de aquella cabeza, y se apresuró a quitarse su delantal de jardinería y a vaciar los bolsillos mientras le decía a Williams:

—Creo que podrás acabarlo tú. Ya sabes que las flores de más colorido tienen que ir junto al seto de alheña. ¿Y dónde pondremos los nuevos rosales?

—No puedo decirle —le contestó—. Más vale que me lo vuelva a explicar ahora, señorita Molly. Yo ya no soy tan joven, y no tengo la cabeza tan clara como antes, y no querría equivocarme, sobre todo si tiene usted decidido dónde ponerlo todo.


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