Hijas y esposas

Hijas y esposas

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«¡Si la viera! —pensaba Osborne—. ¡Si pudiera verla!». Pero si el señor hidalgo hubiera visto a Aimée, también habría oído el curioso acento de su inglés, que su marido veneraba, pues había sido con ese acento como ella le había confesado en inglés que le amaba con todo su corazón francés, y el terrateniente Hamley se vanagloriaba de ser un gran enemigo de los franceses. Sería una hija tan encantadora, dulce y dócil para mi padre… quizá incluso pudiera llenar el vacío que dejó mi madre en esta casa. Pero nunca la aceptará, nunca. Y no le voy a dar la oportunidad de rechazarla. Podría llamarla Lucy en estos sonetos; y si tuvieran alguna resonancia, si fueran elogiados en la Blackwood o en la Quarterly, y todo el mundo quisiera conocer al autor, y yo le contara mi secreto (podría hacerlo si triunfara como escritor), entonces me preguntaría que quién era Lucy, y entonces se lo contaría todo. Y si… cómo detesto todos estos “sis”. Antes mi vida se basaba en «cuándos»; luego se convirtieron en «sis», y ahora en nada. Antes todo era «cuando Osborne quede el primero de su promoción», y luego «si Osborne», y luego un completo fracaso. Le dije a Aimée: «Cuando mi madre te conozca», y ahora es: «Si mi padre te conociera», con la posibilidad casi inexistente de que eso llegue a ocurrir. Y así dejó pasar la velada, que se consumó en estas meditaciones; y de pronto resolvió enviarle los poemas a un editor, con la esperanza de conseguir dinero, e imaginando que, de tener éxito, la actitud de su padre cambiaría radicalmente.


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