Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Cuando Roger volvió a casa, Osborne no esperó ni un día para comunicarle sus planes a su hermano. Nunca le ocultaba nada a Roger por mucho tiempo; la parte femenina de su carácter siempre le imponía el deseo de un confidente que le ofreciera toda la comprensión posible. Pero la opinión de Roger jamás tenía la menor influencia sobre los actos de Osborne, y Roger lo sabía. De modo que, cuando empezó a decirle: «Deseo tu consejo sobre un plan que tengo en mente», Roger le replicó:

—Alguien me dijo que la máxima del duque de Wellington era no dar consejos a menos que pudiera asegurarse de que iban a seguirlos. Yo no puedo obligarte, y sabes que no seguirás mi consejo cuando te lo haya dado.

—Sé que no siempre hago caso de tus consejos, al menos cuando no concuerdan con mi opinión. Sé que estás pensando en que he ocultado mi matrimonio, pero no estás al corriente de todas las circunstancias. Ya sabes que no lo habría hecho de no haberse armado todo ese jaleo con mis deudas, y tampoco podemos olvidar la muerte de nuestra madre. Y no tienes ni idea de lo mucho que ha cambiado papá. ¡Está de lo más irritable! ¡Ya verás cuando lleves aquí una semana! Robinson, Morgan… se enfurece igual con todos. Pero mucho más conmigo.

—¡Pobre! —dijo Roger—. Lo he visto enormemente cambiado; consumido, pálido.


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