Hijas y esposas
Hijas y esposas —Bueno, ya no hace tanto ejercicio como antes, asà que no es de extrañar. Ha despedido a todos los braceros que roturaban las nuevas tierras, y ya sabes lo ilusionado que estaba con eso. Y, como la jaca ruana tropezó un dÃa mientras montaba, y casi le tira, no ha vuelto a montar. Pero no se le ocurre venderla y comprarse otra, que serÃa lo más sensato, con lo que ahora tenemos dos rucos que sólo comen y están pezuña sobre pezuña, y luego él se queja del dinero y de los gastos. Y eso me recuerda lo que querÃa decirte. Necesito dinero y pronto, por lo que he estado reuniendo mis poemas, puliéndolos, ya sabes, repasándolos con ojo crÃtico, y quiero que me digas si crees que Dcighton los publicarÃa. Tú te has hecho un nombre en Cambridge, y creo que si se los ofrecieras al menos les echarÃa un vistazo.
—Puedo intentarlo —dijo Roger—, pero me temo que no te pagarán mucho por ellos.
—No espero mucho. Soy un escritor novel, y debo hacerme un nombre. Me conformarÃa con cien libras. Si tuviera cien libras ya podrÃa hacer algo. Tengo que ganar dinero para mantenerme a mà y a Aimée mientras estudio para presentarme al examen de abogado; en el peor de los casos, con cien libras podrÃamos irnos a Australia.
—¡Australia! Dios santo, Osborne, ¿y qué harÃas allÃ? ¡Y dejar a nuestro padre! Espero que no te den las cien libras, si ése es el fin que vas a darles. AcabarÃas con él.