Hijas y esposas
Hijas y esposas EN los dÃas posteriores al baile, a Cynthia se la vio alicaÃda, y muy callada. Molly, que se las prometÃa muy felices con la perspectiva de comentar con ella los detalles de aquella festiva velada, se desilusionó al ver que su hermana esquivaba el tema. La señora Gibson, es cierto, estaba dispuesta a rememorar la velada todas las veces que fuera necesario; pero sus palabras siempre como un vestido de confección, y no expresaban pensamiento alguno: cualquiera podrÃa haberlas dicho, cambiando los nombres de las personas, para hablar de cualquier baile habido y por haber. Pero ella las decÃa una y otra vez, hasta el punto de que Molly, con cierta irritación, llegó a sabérselas de memoria.
—Ah, señor Osborne, tendrÃa que haber ido. Cuántas veces me lo he repetido. Usted y su hermano, por supuesto.
—Esa noche me acordé mucho de ustedes.
—¿Ah sÃ? Pues me parece muy amable de su parte. ¡Cynthia, querida! ¿Has oÃdo lo que ha dicho el señor Osborne Hamley? —En ese momento entraba Cynthia—. Dice que la noche del baile se acordó mucho de nosotras.
—Hizo algo más —dijo Cynthia con una leve sonrisa—. No le hemos dado las gracias por esas hermosas flores, mamá.