Hijas y esposas

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XXVIII

EN los días posteriores al baile, a Cynthia se la vio alicaída, y muy callada. Molly, que se las prometía muy felices con la perspectiva de comentar con ella los detalles de aquella festiva velada, se desilusionó al ver que su hermana esquivaba el tema. La señora Gibson, es cierto, estaba dispuesta a rememorar la velada todas las veces que fuera necesario; pero sus palabras siempre como un vestido de confección, y no expresaban pensamiento alguno: cualquiera podría haberlas dicho, cambiando los nombres de las personas, para hablar de cualquier baile habido y por haber. Pero ella las decía una y otra vez, hasta el punto de que Molly, con cierta irritación, llegó a sabérselas de memoria.

—Ah, señor Osborne, tendría que haber ido. Cuántas veces me lo he repetido. Usted y su hermano, por supuesto.

—Esa noche me acordé mucho de ustedes.

—¿Ah sí? Pues me parece muy amable de su parte. ¡Cynthia, querida! ¿Has oído lo que ha dicho el señor Osborne Hamley? —En ese momento entraba Cynthia—. Dice que la noche del baile se acordó mucho de nosotras.

—Hizo algo más —dijo Cynthia con una leve sonrisa—. No le hemos dado las gracias por esas hermosas flores, mamá.


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