Hijas y esposas
Hijas y esposas Pero Cynthia interpretó la señal tan bien como si fuera uno de los criados de Lúculo al oír la llamada de la sala de Apolo. Las perdices destinadas a la cena fueron puestas al fuego al momento; se sacó la mejor porcelana, y la mesa se decoró con flores y fruta, dispuestas con la pericia y el gusto habituales en Cynthia. De este modo, cuando se anunció la comida, y lady Harriet entró en el comedor, no pudo sino pensar que las disculpas de su anfitriona habían sido superfinas; y se quedó más convencida que antes de que Clare había tenido mucha suerte. Se les unió Cynthia, tan hermosa y elegante como siempre; sólo que lady Harriet no se fijó mucho en ella: únicamente le hizo caso por ser hija de su madre. Su presencia hizo que la conversación versara sobre temas más generales, y lady Harriet les contó algunas nuevas, ninguna de ellas de gran importancia para ella, pero que habían sido comentadas ampliamente por el círculo de invitados de las Towers.
—Lord Hollingford debería estar con nosotros —dijo, entre otras cosas—, pero se ha visto obligado, o eso imagina él, que es lo mismo, a quedarse en Londres por lo de la herencia de ese Crichton.
—¿Una herencia? ¿Para lord Hollingford? ¡Cómo me alegro!