Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Pero, cuando lord Hollingford regresó para hacer de las Towers su hogar, las cosas cambiaron. El señor Gibson aprendió de él algunas cosas que le interesaron vivamente, y eso dio un nuevo sabor a sus lecturas. De vez en cuando conocía a personalidades del mundo científico; hombres de curiosa apariencia y corazón simple, que se tomaban muy en serio sus estudios, pero que poco tenían que decir respecto de las demás cosas. El señor Gibson apreciaba a tales personas, y también percibía que ellos valoraban que les apreciara, cosa que hacía con sinceridad e inteligencia. Y así fue como, con el tiempo, comenzó a colaborar en las publicaciones médicas más científicas, y aquel intercambio de ideas e información fue un estímulo añadido a su vida. Lord Hollingford y él no tenían mucho trato; uno era demasiado tímido y callado, y el otro estaba demasiado ocupado, y así era difícil que ambos buscaran la compañía del otro con la perseverancia necesaria para superar la diferencia de posición social que impedía que se trataran con asiduidad. Pero los dos se alegraban de verse. Cada uno sabía que podía contar con el respeto y la simpatía del otro, un respeto y una simpatía ausentes en algunos de los que se hacían llamar amigos, y eso era una fuente de dicha para ambos; más para el señor Gibson, por supuesto, pues su círculo de amistades cultivadas e inteligentes era más reducido. De hecho, nadie podía comparársele entre las personas con las que se relacionaba, cosa que a veces había influido negativamente en su ánimo, aunque se negara a reconocerlo. Estaba el señor Ashton, el vicario, que había sucedido al señor Browning, un hombre que era todo bondad y amabilidad, aunque careciera de todo pensamiento original, y cuya cortesía habitual e indolencia mental le llevaban a estar de acuerdo con todas las opiniones que no fueran palmariamente heterodoxas, y a soltar un tópico tras otro de la manera más cortés. El señor Gibson se había divertido un par de veces viendo al vicario dar sus argumentos por «absolutamente convincentes» y algunas de sus afirmaciones por «curiosas pero indudables», hasta acabar colocando al pobre clérigo en un pantano de herética perplejidad. Pero luego, al ver la expresión de sufrimiento del señor Ashton por culpa de la delicada posición teológica a que él precisamente le había empujado, y sus remordimientos por todo lo que había admitido, el señor Gibson dejaba de ver el lado divertido del asunto, y retrocedía a toda prisa con toda su buena voluntad a una posición más ortodoxa como único medio de aliviar la conciencia del vicario. En cualquier otro asunto que no fuera el de la ortodoxia religiosa, el señor Gibson le llevaba donde quería, aunque la ignorancia general del vicario le impedía mostrar su afable aquiescencia por temor a llegar a alguna conclusión que pudiera escandalizarle. Tenía fortuna propia, y no estaba casado, por lo que llevaba una vida de refinado e indolente solterón; sin embargo, aunque no era muy dado a visitar a sus parroquianos más pobres, siempre estaba dispuesto a aliviar sus necesidades de la manera más pródiga, y —considerando sus hábitos— hasta de la más abnegada, siempre que el señor Gibson, o cualquier otro, le informara con toda claridad.


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